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sábado, 10 de julio de 2010

Papá, quiero jugar al rugby...

Esta acción ocurre en España, pero podría ser en cualquier sitio del Mundo. Es una colaboración de Alejandro Parma que mucho agradecmos. “Esa frasecita la dijo mi hijo mayor, de 13 años entonces, el verano pasado. “Sí, sí, muy bien, chaval, muy bien”, fue mi respuesta. “Cuando empiece el colegio, lo vemos”, dije intentando ganar tiempo”. El autor es Fernando de la Cuesta vía Balón Oval, y fue publicado originalmente en blackoutrugbyspain. Tercer Tiempo.

“Sí, claro, voy a pasarme media vida curando heridas, llevándole a entrenar a Dios sabe dónde, gastándome un pastón en equipamientos… Es un capricho más.
Papá, mira lo del rugby, por favor”. Pero bueno, si ya estamos en octubre, ¿es que no se le va a quitar de la cabeza? Maldito Eurosport, Teledeporte y demás, que se dedican a poner partidos de rugby y él que se los traga. Venga, le compro un balón raro de esos en el Decathlon y que se le pase el mono.
Papá, ¿has llamado a lo del rugby?” Esto pasa de castaño a oscuro. “Mira, chaval, ahora en Navidad es complicado… Cuando empiece el año lo vemos, ¿de acuerdo?” Y esto parece contagioso. El pequeño dice que a él también le gustaría. Empiezo a preocuparme. Y no, en la cartilla de vacunación no hay nada “antirugby”. Mucho sarampión y mucho ‘nosequé’, pero contra el rugby no le han vacunado.
Papá, ¿vas a llamar a lo del rugby o no? Mira lo que me han dado en el colegio”. Una fotocopia de publicidad de la escuela del Canoe. Pillado. Ya no me queda otra, soy su padre, caramba, y esto va “incluido en el sueldo”. Bueno, una llamada no cuesta nada hacerla, y le tranquilizo. Glups… que vaya un día a entrenar y descubra si de verdad le gusta o no.
Yo creo que ha sido una de las peores esperas de mi hijo. Fueron tres o cuatro días en los que no había quién le aguantara, con una sonrisa de oreja a oreja. Feliz es la palabra, pero con mayúsculas: FELIZ. Hasta que llegó el día del entrenamiento. Je, je, je… se va a enterar este de lo que vale un peine. Pues sí. Se enteró. Frío, mucho frío. Hora y media de ejercicio (no el ratito corto de gimnasia del colegio). Fondos. Carreras. Placajes. Caídas. Golpes. Rozaduras con el césped artificial. Yo me las prometía muy felices: “Éste termina el entrenamiento y no vuelve, si le conoceré yo que soy su padre”.
Pues no. Tras el entrenamiento, una sonrisa que le daba la vuelta a la cara. Si ya estaba feliz antes ahora más. Y la pregunta: “¿Quieres volver a ‘esto’?” “¡Por supuesto, papá!”.
Pero eso no es nada. A las dos semanas, mi hijo pequeño me dijo una frase que me heló la sangre. Sobre todo, porque conocía la felicidad que le podía proporcionar una adecuada respuesta: “Papá, ¡quiero jugar al rugby!”.
Y aquí nos tenéis, a dos caballeretes en el Canoe CRC y a su padre que no acaba de entender en qué se ha equivocado en la educación de sus hijos. ¿Por qué no les apuntaría antes?
NDR: Ja, ese padre español posiblemente no sepa que el rugby es una forma de vida. Gracias Ale y Arturo , que envió el original.


miércoles, 16 de junio de 2010

Hay que matar a un referee

En mis constantes idas a ver a mi equipo favorito de fútbol, sufrimiento incluido, he escuchado repetidas veces que hay que matar al referee. Desde las tribunas todo se ve muy fácil y muy claro, y los hinchas exaltados vociferan, enloquecen y se desgañitan gritando por ese objetivo que sólo desean: la victoria de su equipo.
Cuando voy a ver rugby cada sábado veo la desesperación de muchos de los de afuera -y cada vez más algunos pocos de los de adentro- atribuyéndole al referee la causa de sus males, la poca fortuna de su equipo, los errores en el juego y hasta la caspa que no se va.
El rugby es uno de los juegos más difíciles para ver y referear. Yo mismo he refereado varias veces y les aseguro que es muy ingrato. Pero hay algo que no debemos olvidar: el juego se desarrolla con 15 jugadores por lado y un señor que hace de árbitro. Todos tenemos claro que esto no es como el otro fútbol, que podemos jugar un partido entre conocidos y dejar que nadie dirija. Acá necesitamos de ese señor que sople el silbato indicando alguna de las cuantiosas faltas que ocurren cada minuto sobre una cancha de rugby.
En las instalaciones de un club de Buenos Aires (sé que en clubes del interior también) hay personas que son instruidas para ser referees y que lo hacen sólo para colaborar con los jugadores, que es su manera de amar el juego y de ayudar a otros que tienen la suerte de jugar. Los he visto practicar los silbatazos potentes de un penal, y los más suaves de una infracción menor. Los he visto practicar una y otra vez, indicando a un tackleador invisible que suelte al tackleado, a éste que suelte la pelota y señalar un supuesto penal por alguna infracción. Y ese maldito silbato estridente que sonaba una y otra vez, a escasos metros de donde yo estaba, me distraía de lo que yo estaba haciendo. Entonces recordé aquella frase escuchada en otro ámbito, de la cual tenemos que aprender pero no copiar (sino corregir), de que hay que matar al referee.
En su lugar, nosotros debemos cuidarlos, protegerlos, tratarlos educadamente dentro de la cancha y fuera de ella, y rogar que tengan un buen partido. Y también aprender a ser más tolerantes con sus fallos y con los resultados, ya que en el rugby ganar es una consecuencia, no una meta. Aunque queramos ganar siempre (yo incluido), hay que aprender a perder. Y a cuidar a los referees.
Fuente:La pluma del ruck, by Marcelo Mariosa